HOBART & MOUNT WELLINGTON, Tas

La primera imagen de la capital de Tasmania que tenemos es la de un miércoles a las nueve de la noche y parece pequeña, oscura y sobre todo vacía. En el hotel nos dicen que a esas horas no encontraremos demasiada cosa abierta para cenar, no hay nadie en las calles y casi todo esta cerrado. Cogemos algo en un Take Away y nos vamos a la habitación. A la mañana siguiente las cosas no son muy distintas, aunque brilla el sol y son las nueve de la mañana, pocos negocios han abierto y los que lo están se ven vacios, intentamos alquilar un coche preguntando precio en diferentes casas, pero los todoterrenos que es lo que queremos están agotados, finalmente Budget, nos ofrece un enoooorme Patrol a buen precio y lo cogemos. Nos sorprenden los precios, mucho mas económicos que los que hemos visto en el territorio del Norte, debe ser que aquí es temporada baja. Pero vamos a desayunar y nos damos cuenta de que quizá la época del año influye, pero en general Tasmania es bastante mas barata que el continente, la comida, la gasolina, el alojamiento. Esto empieza a gustarme.
Hobart no tiene nada de especial, por mucho que la quieran vender como una ciudad, no pasa de pueblo grande. Tiene unas cuantos edificios antiguos, una zona de copas junto al puerto bastante modernilla y poco mas. El monte Wellington es otra cosa, esta enorme montaña de 1270 metros situada a unos 20 kilometros de Hobart es una gozada, eso si, los 20 kilometros son de una carretera plagada de curvas y con pocas vistas debido a la vegetación. Pero donde hay vistas te quedas con la boca abierta, la visión de la desembocadura del rió Derwent y de las bahías de la ciudad es alucinante, pero date prisa en sacar la foto, porque en cuestión de minutos la niebla puede cubrir esa vista cristalina y convertirla en una pared blanca.
Eso fue lo que nos paso a nosotros, paramos a mitad de camino para pegar un vistazo al paisaje y nos entretuvimos hablando con un hombre que había visto una serpiente negra enorme y nos enseño las fotos, luego aparecieron unos franceses de La Rochelle que llevan tres años viajando por Asia y Oceanía, trabajaban hasta ganar un dinerillo y luego viajaban hasta gastárselo. Buen plan. Pasamos un buen rato, pero al llegar arriba el tiempo cambio radicalmente.
Esto solo era un pequeño adelanto

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