ODA A FLORENCIA

Tres veces hemos tenido que vernos para enamorarnos.

La primera apenas la recuerdo. Fue hace mucho tiempo, yo tendría mas o menos once años y para mi no significó demasiado, fueron un par de días y a esa edad yo estaba mas pensando en jugar que en otra cosa.

La siguiente fue mas especial, yo tenia diecisiete años y a esa edad todas las cosas se magnifican. De nuevo no fueron mas de dos o tres días pero aprovechamos cada hora del día y de la noche. Lo exploramos todo, lo pasamos bien y ella me dejó ver un poco algo que me permitió entender porque todo el mundo la amaba y hablaba de lo especial que era.

Volver a vernos llevó algo mas de tiempo. Yo ya tenia cuarenta años y había visto mucho mundo. La recordaba, pero no con nitidez. Una niebla enturbiaba mi recuerdo cuando pensaba en ella. No tenia claro cuanto de lo que recordaba me pertenecía a mi y cuanto era parte de lo que había ido leyendo sobre ella, lo que había visto en fotos o incluso en alguna película.

Esta vez yo ya estaba casado y por lo que le había contado a mi mujer de las otras veces, ella no estaba entusiasmada pero sabia que era inevitable que tarde o temprano volviéramos a encontrarnos, así que decidimos no retrasarlo mas y enfrentarnos juntos a mi pasado.

Pasaríamos juntos una semana los tres, si todo se volvía incomodo o no era tan especial como recordaba podía ser demasiado tiempo, pero pensamos que si se daba la situación siempre podíamos buscar una excusa e irnos.

Nada mas vernos supimos que no iba a ser necesario, conquistó a mi mujer incluso mas rápido que a mi.
Aun con el gélido clima de final de año, Florencia estaba mas bella que nunca.
En verano seguro que hubiésemos podido disfrutar mas de algunas de sus virtudes pero el invierno nos dió la oportunidad de no tener que compartirla con las multitudes que abarrotan sus calles en cuanto llega el calor.

Bueno, tras esta paranoia que tanto me ha divertido escribir, he de decir que todo lo que he contado es verdad, tanto lo de las tres visitas como que hasta esta ultima vez no había aprendido a valorar Firenze de la manera que se merece.

Ahora puedo decir sin miedo a equivocarme que ha entrado en mi top personal de ciudades favoritas para vivir en el mundo.

En solo una semana aprendimos a evitar calles o lineas de autobús abarrotadas cogiendo vías menos transitadas, encontramos una cafetería que aun sin ser popular ni estar en un sitio especialmente bello se nos hizo imprescindible, visitamos lugares que casi ni se mencionan en las guías pero que tenían una pintura o un simple detalle que hacían que te plantearas el volver a visitarla para disfrutar de eso que casi nadie conocía y nos topamos con una tienda de muñecos de guiñol de las que creíamos que ya no existían.

Esa es la gran virtud de Florencia, todo el mundo ha oído hablar del Duomo o de la galería de los Uffizi, pero sin restar nada a la importancia de estos bellos lugares, la ciudad ofrece un millón de sitios que solo encontraras paseando y perdiéndote  por sus calles.

Siete días bastaron para que en el momento en que tomamos la ultima cena sabiendo que a la mañana siguiente debíamos irnos se me hiciera un nudo en el estomago y para evitar la angustia pensara que en cualquier momento podía volver, incluso alquilar un pequeño apartamento alejado del centro pero con vistas al rio Arno.

Y esa vez no seria una semana, seria el tiempo suficiente para conocer cada callejón de las ciudad , para sentarme en la terraza de un Café y mirar a los turistas con pena sabiendo que por mucho que estuvieran disfrutando se iban a ir, se iban a alejar de esa maravilla que es Florencia.

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